Obras

Prólogo

El latido de la voz
de Carmen Salas del Río

por Alberto Morate

 

Hay libros que nacen para ser leídos y otros que parecen escritos para ser respirados. Testamento del aire, de Carmen Salas del Río, pertenece a esta segunda estirpe. Desde su título se nos anuncia una paradoja fecunda: ¿cómo puede el aire, materia de lo intangible, otorgar testimonio? ¿Qué herencia puede legar aquello que no se posee, que no se retiene entre las manos y que, sin embargo, sostiene cada instante de la vida?

La respuesta se encuentra en los poemas que componen este libro. Porque el aire es aquí tiempo, memoria, palabra, aliento y conciencia. Es el soplo que acompaña al ser humano desde el primer llanto hasta el último suspiro; el espacio donde conviven la esperanza y la incertidumbre, la alegría y la pérdida, la celebración y el duelo sereno. Carmen Salas del Río convierte esa materia invisible en el territorio donde la experiencia adquiere forma poética.

Carmen Salas del Río acoge la tradición del soneto no como un molde inamovible, sino como una forma viva. Toma como punto de partida la arquitectura del soneto, aunque en ocasiones permite que la expresión desborde los límites de la estricta regularidad métrica e incorpora incluso estrambotes cuando el desarrollo del poema así lo reclama. La forma clásica deja entonces de ser una cárcel para convertirse en un cauce flexible al servicio de la palabra.

En una época dominada por la inmediatez, la dispersión y el vértigo, esta fidelidad a una forma clásica adquiere un significado especial. No responde a un afán de exhibición técnica, sino a la voluntad de encontrar un ritmo donde el pensamiento pueda desplegarse y la emoción hallar su justa medida. De ahí que estos poemas avancen con serenidad, sin estridencias ni excesos retóricos, dejando que la palabra alcance por sí misma toda su hondura.

La poesía de Carmen Salas del Río se caracteriza por una voz transparente que nunca renuncia a la reflexión. Sus versos no buscan el hermetismo ni el deslumbramiento verbal, sino una palabra cercana, capaz de convertir la experiencia cotidiana en materia de meditación. Esa voluntad de comunicación explica que sus poemas interpelen al lector desde la emoción compartida y no desde el artificio.

Este poemario recorre una geografía profundamente humana. El tiempo concede treguas, la vida suspira entre pérdidas y hallazgos, el amor aparece como orilla prometida y como puente hacia el otro. Los encuentros y las despedidas, el destino y la incertidumbre, la infancia y su memoria, los años que dejan su huella, la aceptación del final sin dramatismos o la nostalgia de lo vivido forman parte de un itinerario donde cada experiencia individual termina dialogando con la condición humana compartida.

Pero Testamento del aire no se limita a la introspección. También mira de frente la realidad colectiva. La precariedad laboral, la inmigración, la defensa de la sanidad y la educación públicas, las tensiones de la política contemporánea, las guerras, el deterioro del planeta o la incomunicación nacida de las redes sociales encuentran aquí un lugar natural. No aparecen como consignas ni como discursos, sino como interrogantes éticos que afectan a cualquier conciencia sensible. La poesía auténtica no se limita a describir su época: la cuestiona, la ilumina y la trasciende. Esa es, precisamente, la aspiración que recorre estas páginas.

Más que una voz que pretende enseñar, encontramos una voz que comparte. Carmen Salas del Río no escribe desde la tribuna, sino desde la experiencia; no dicta conclusiones, sino que invita al lector a reconocer en esos versos una parte de sí mismo. De ahí que sus poemas rehuyan el énfasis y prefieran la cercanía,  a reflexión serena y una emoción que nace de la autenticidad antes que del artificio.

Hay asimismo una reivindicación constante de la dignidad. La mujer ocupa en estas páginas un espacio de afirmación y de memoria. No resulta casual que María Zambrano comparezca como símbolo de una manera de entender el pensamiento desde la razón poética. La familia se presenta como raíz y refugio; la esperanza no se ofrece como ingenuidad, sino como una decisión íntima frente a las dificultades de la existencia.

Una de las cualidades más valiosas del libro reside en su capacidad para reconciliar contrarios. La soledad puede convertirse en aislamiento digital o en fértil encuentro con uno mismo; el silencio deja de ser vacío para transformarse en espacio de revelación; la aceptación no significa resignación, sino sabiduría; el final no clausura el sentido de la vida, sino que lo completa. Incluso cuando aborda la depresión o el dolor, la autora evita el gesto enfático y prefiere una palabra contenida, consciente de que la emoción auténtica no necesita levantar la voz para hacerse oír.

Y, por encima de todos los temas, permanece la poesía misma. Porque estos sonetos hablan también de la necesidad del verso, de la voz que nombra lo que parecía innombrable, de la palabra como último refugio frente al ruido del mundo. Escribir se convierte entonces en un acto de resistencia y de confianza: resistencia contra el olvido; confianza en que todavía es posible compartir una verdad humana a través de la belleza.

Quizá por eso este libro se titula Testamento del aire. Todo testamento pretende transmitir  aquello que merece sobrevivir a quien lo escribe. Carmen Salas del Río no lega bienes materiales ni certezas inamovibles. Nos deja algo mucho más valioso: una forma de mirar. Una invitación a respirar despacio, a detenerse en los matices de la existencia, a reconocer que la fragilidad también puede ser fortaleza cuando encuentra en la palabra su morada.

Quien se adentre en estas páginas encontrará un conjunto de sonetos que dialogan con la tradición sin renunciar a la inquietud del presente. Poemas que nacen del vivir cotidiano, pero que aspiran a permanecer más allá de la circunstancia que los originó. Como el aire mismo, pasan inadvertidos mientras los respiramos; y, sin embargo, terminan revelándose imprescindibles.

Hay poemas que terminan al cerrarse el libro. Estos, en cambio, continúan respirando mucho después de haber sido leídos.

Y ese es, quizá, el verdadero Testamento del aire: dejar que la palabra siga respirando cuando el poema ya pertenece al lector.

Compra cultura, compra poesía.