Vuela el equilibrio entre los hombres,
sobrevuela las sombras y no vuelve
y se impide el propósito.
Sucumben metas de vida pacífica,
salta por los aires la convivencia, la calma.
Trozos de tranquilidad y quietud,
bienestar y estabilidad truncadas
emergen rotas por la avaricia.
Y acaban enterradas por la sangre
que corre en ríos de dolor y muerte.
De reojo vigilo confundida en la niebla
y fue entonces cuando,
donde la paz no había nevado nunca,
nevó: tan blanca la prístina intermitencia
de su armonía lenta y contagiosa,
de su níveo silencio marchitado
y vuelta a resucitar
entre los anhelos de hombres nobles
y mujeres tenaces en cantar la vida.
Voy de salto en salto
por los pretiles de las azoteas,
busco tolerancias
bajo el cerco brumoso de la luna,
los tendederos se arquean
en látigos alzados para doler.
Y elaboro barricadas tenebrosas,
allí escondo el dolor que no se fue,
que alejan las curiosas miradas.
Paz, bajo su piel segura se diluye el miedo,
cegando el fragor de bombas,
obuses, torpedos y disparos.
Avanza entre los soldados
(enteros pertrechados para la guerra),
las palabras rotundas que profieren
tras la prueba forzada en un combate
que los obligaron a soportar.
Vuelven aires de paz,
van solventando contratiempos,
vieron morir a niños
y ancianos convalecientes,
los reciben con hambre, miedo y suciedad,
perdidos, esperando una mano socorrida.
Vuelve, Paz, llena las conciencias vanas,
mueve las ruecas con tus hebras calmas,
trenza azules que se unan
al azul del cielo y el mar
y al verde de la madre tierra,
que comience ese balbuceo alegre de la paz,
naciendo bella.
Una vez más.